Ciudad de México, MEX – El Día de los Muertos transforma ciudades y comunidades rurales mexicanas en espacios de memoria y reencuentro entre vivos y difuntos. Celebrada cada año, la festividad reúne flores de cempasúchil, calaveritas dulces, altares, representaciones teatrales, danzas tradicionales y manifestaciones religiosas que conservan referencias indígenas y coloniales de la historia del país. Este año, la producción de flores destinadas a las ofrendas superó los 10 millones de macetas, estableciendo un nuevo récord.
En San Luis de Tlaxialtemalco, los viveros se cubren de extensiones de pétalos anaranjados. La flor de cempasúchil, uno de los símbolos más reconocidos del Día de Muertos, ocupa un lugar central en la preparación de altares y ofrendas dedicadas a los familiares fallecidos. La producción récord muestra la importancia que la celebración mantiene en la vida cotidiana de las comunidades dedicadas al cultivo de estas flores.
Otro elemento característico de la festividad son las calaveritas dulces, figuras comestibles que representan a los seres queridos fallecidos y simbolizan el recuerdo de quienes, según la tradición, regresan para visitar a sus familias. Elaboradas con ingredientes como amaranto y chocolate, estas piezas conservan referencias a las raíces prehispánicas y coloniales de la cultura mexicana.
El amaranto, una semilla ancestral de elevado valor nutritivo, ocupa un lugar importante en la producción artesanal. Para Lucero Martínez, productora que aprendió el oficio desde niña durante la feria de Mixquic, las calaveritas tienen un significado que va más allá de la tradición culinaria.
“Es una forma de recordarlos, de decirles que no los hemos olvidado y que los esperamos cada año”, afirma.
Sus palabras expresan el sentido afectivo que se atribuye a estas pequeñas figuras, que representan la continuidad de los vínculos familiares incluso después de la muerte.
Las manifestaciones culturales también ocupan los espacios de representación de Xochimilco. La puesta en escena La llorona, al final del camino ofrece una nueva interpretación de la conocida leyenda mexicana desde referencias al mundo prehispánico. Nayeli Cortés, actriz que interpreta a la mujer vestida de blanco, describe al personaje como una figura completamente descarnada que llora por el destino de sus hijos.
El espectáculo incorpora cantos y una canción de cuna en náhuatl, lengua indígena que continúa presente en distintas expresiones culturales de México. El uso del idioma en las artes escénicas acerca la representación teatral a las tradiciones originarias y contribuye a mantener viva una herencia lingüística transmitida entre generaciones.
El autor Luis Infante también reflexiona sobre la relación entre las celebraciones contemporáneas y la memoria histórica. Recuerda que los antiguos xochimilcas resistieron el primer encuentro con Hernán Cortés. Según Infante, el propósito de las representaciones es “resignificar nuestros símbolos”, sin provocar miedo ni convertir las referencias culturales en representaciones de terror.
También explica que las danzas de tradición mexica no deben entenderse simplemente como coreografías. Son expresiones que mantienen viva la memoria de las raíces históricas y culturales del México actual. En Ciudad de México, la Catedral Metropolitana, considerada la más grande de América Latina, también forma parte de las actividades. El edificio religioso recibe visitantes en un recorrido con iluminación tenue, en el que la luz de las veladoras guía al público por los espacios de arte sacro.
La propuesta busca recordar la celebración católica de los fieles difuntos y de Todos los Santos. La actividad muestra cómo el Día de Muertos reúne distintas referencias religiosas y culturales, entre ellas las tradiciones indígenas, las prácticas populares y los elementos del catolicismo.
Entre flores, alimentos, representaciones teatrales y celebraciones religiosas, el Día de Muertos continúa siendo una de las manifestaciones culturales más importantes de México. La festividad mantiene presente la memoria de los antepasados en las relaciones familiares y en las expresiones colectivas, al tiempo que reafirma la permanencia de símbolos, lenguas y prácticas culturales transmitidos entre generaciones.



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