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Chagras amazónicas: el sistema agrícola indígena que desafía la agricultura moderna

Las pequeñas parcelas cultivadas por comunidades indígenas de Colombia y Ecuador combinan producción de alimentos, biodiversidad y conservación del bosque, pero enfrentan amenazas como la minería, la deforestación, el narcotráfico y el cambio climático

La chagra es un espacio de cultivo, memoria e identidad indígena, donde los saberes ancestrales se transmiten y se mantiene el vínculo cultural con el bosque amazónico. Foto: J G SOLER/ FUNDACIÓN GAIA AMAZONAS.

Amazonía, COL – Para un observador sin experiencia, una parcela cultivada en medio de la selva tropical amazónica podría parecer un terreno donde las semillas fueron sembradas sin un orden definido. Sin embargo, las chagras indígenas responden a un sistema agrícola cuidadosamente organizado, basado en los ciclos ecológicos del bosque y en conocimientos transmitidos entre generaciones.

En la Amazonía colombiana, Kelly Johanna Yucuna cultiva una de estas parcelas en el macroterritorio Jaguares del Yuruparí. Las chagras son pequeñas áreas agrícolas que generalmente no superan las dos hectáreas y están diseñadas para adaptarse a las condiciones del bosque. De ellas, Yucuna y las cerca de 240 familias dispersas por su reserva obtienen buena parte de sus alimentos.

Estos sistemas permiten mantener una amplia diversidad de especies y contribuyen al almacenamiento de carbono. Después de cinco o seis años de utilización, las parcelas dejan de ser cultivadas y son devueltas al proceso de regeneración natural del bosque. En el norte de la Amazonía, sistemas similares han formado parte de la vida de los pueblos indígenas durante al menos 4.500 años. Su funcionamiento integra dimensiones ambientales, económicas, sociales y espirituales.

Sin embargo, las chagras enfrentan actualmente amenazas relacionadas con la minería, la deforestación, el narcotráfico y los efectos del cambio climático. La presión sobre estos sistemas también representa un desafío para la continuidad de los conocimientos y las prácticas culturales que los sustentan.

Un sistema agrícola ligado al bosque

Las chagras están estrechamente vinculadas con la cosmología de los pueblos indígenas amazónicos. Esta visión del territorio se relaciona con el calendario ecológico del bosque y con fenómenos como los ciclos de fructificación, las inundaciones, la pesca y la caza.

“Todo tiene su propio orden y propósito dentro de la chagra”, afirma Juan Felipe Guhl, antropólogo y experto en temas socioambientales del Instituto Sinchi, en Colombia. “Tener una buena chagra implica saber cuándo cortar, cosechar, replantar, limpiar y mantener todo el sistema“.

En el resguardo Mirití-Paraná, donde vive Yucuna, cada familia mantiene al menos dos o tres chagras en diferentes etapas: una nueva, otra productiva y otra en proceso de decadencia.

Antes de comenzar una nueva parcela, los ancianos aprueban el terreno seleccionado y, de acuerdo con la cosmovisión de la comunidad, se solicita permiso a los espíritus del bosque, considerados propietarios superiores de la tierra. Yucuna explica que también se realizan peticiones relacionadas con la protección de la comunidad y el crecimiento de las cosechas.

Después comienza la denominada “socola y tumba”, un proceso colectivo de limpieza del terreno en el que participa la comunidad utilizando herramientas como hachas y machetes.

Aunque la creación de una chagra implica retirar parte de la vegetación, las comunidades seleccionan cuidadosamente las áreas que serán utilizadas. César Echezuría Fernández, geógrafo independiente que estudia estos sistemas en Ecuador, donde reciben el nombre de chakras, explica que con frecuencia se prioriza la eliminación de árboles pequeños y enredaderas.

Las investigaciones sobre estos sistemas indican que las comunidades mantienen alrededor de la mitad de las especies de árboles nativos que crecen originalmente en las parcelas. Además, diferentes estudios han encontrado una biodiversidad considerablemente mayor en las chagras que en otros modelos agrícolas, como las plantaciones de monocultivo de cacao.

También se ha documentado que estos sistemas pueden almacenar más carbono que las plantaciones de monocultivo y alcanzar niveles comparables con los registrados en bosques secundarios.

La yuca y la transmisión del conocimiento

Después de un breve periodo de barbecho y una quema controlada, las mujeres comienzan a sembrar las primeras semillas de la chagra. En Mirití-Paraná, las parcelas suelen establecerse antes de junio. Al cabo de aproximadamente un año, comienzan a estar disponibles para la cosecha cultivos como yuca, plátano y piña.

Yucuna recuerda las enseñanzas transmitidas por su madre y su abuela. Al iniciar una nueva chagra, primero planta coca y las mejores variedades de yuca.

“La yuca representa a la mujer y la coca al hombre. Por eso deben ir juntas en el corazón de la parcela”, explica Yucuna.

Los 30 grupos indígenas que habitan el territorio de Jaguares del Yuruparí cultivan diferentes variedades de yuca, tanto amargas como dulces. En conjunto, se han identificado 67 variedades.

“La yuca es, al fin y al cabo, el alimento básico en la Amazonia”, afirma la antropóloga colombiana Marcia Chapetón, quien trabaja en sistemas alimentarios indígenas amazónicos para la organización sin ánimo de lucro Gaia Amazonas.

En algunas chagras, la yuca representa hasta el 97% de las especies cultivadas. Para numerosos pueblos indígenas, especialmente entre las mujeres, la relación con esta planta también adquiere una dimensión cultural y familiar.

“Veo a las plantas de yuca como] mis hijas y, al comerlas, establezco un vínculo de sangre con ellas”, afirma Chapetón.

La ubicación de cada planta tampoco es aleatoria. Según Guhl, cada semilla posee un origen mitológico y tecnológico que determina el lugar que ocupa dentro de la chagra. En los bordes, por ejemplo, las piñas y árboles altos como el azaí pueden funcionar como una especie de barrera natural.

Gaia Amazonas ha contabilizado 104 especies cultivadas en las chagras del territorio Jaguares del Yuruparí. Entre ellas se encuentran plátanos, ñames, batatas, chiles, árboles frutales, tabaco y plantas medicinales. Cuando Yucuna visita la chagra familiar, lleva consigo a sus hijos y reproduce una práctica aprendida de su madre: contarles las historias relacionadas con el origen de cada planta.

“La chagra representa la vida, representa a la mujer; para nosotros, lo representa todo”, asegura.

La esencia del sistema está en su capacidad de adaptación a las condiciones del entorno.

“La naturaleza no es simplemente una despensa, sino otro ser vivo con el que interactuamos”, afirma Echezuría Fernández.

Esta perspectiva contrasta con modelos de agricultura industrial que se han extendido por América Latina y que, en numerosos casos, dependen de la eliminación de bosques, el uso de agroquímicos sintéticos y la expansión de grandes superficies destinadas a un único cultivo.

El cacao y la economía amazónica

Después de cinco o seis años, las familias dejan de cultivar la parcela y esta entra nuevamente en un proceso de regeneración. Los árboles frutales plantados durante el periodo de cultivo permanecen en el terreno y continúan produciendo alimentos.

Las áreas en recuperación también pueden convertirse en espacios para la recolección de frutos y la caza de animales que acuden a ellas en busca de alimento. En Jaguares del Yuruparí, las chagras están destinadas principalmente al abastecimiento de las propias familias. En otras zonas de la Amazonía, sin embargo, estos sistemas también tienen una función económica.

En la provincia ecuatoriana de Napo, productos como el cacao, la vainilla y la guayusa se cultivan en unas 24.000 hectáreas de chakras. Estos sistemas agrícolas constituyen una fuente de sustento para cientos de familias. Las chakras amazónicas gestionadas por tres cooperativas de la región fueron reconocidas por la Organización de las Naciones Unidas como Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), una categoría destinada a sistemas agrícolas sostenibles y de larga trayectoria.

Estos sistemas generan entre el 40% y el 60% de los ingresos de las comunidades. Una de las cooperativas, Kallari, genera hasta US$2 millones anuales para sus 740 miembros mediante la comercialización de cacao sostenible de aroma fino, según explica Paulina Espín, directora nacional de Trias, organización sin fines de lucro con sede en Bélgica que apoya a la cooperativa.

A pesar de su orientación comercial, las plantas de cacao en las chakras suelen crecer junto a otras 80 o 150 especies. Las familias priorizan las plantas destinadas a la alimentación, que representan alrededor del 70% de los cultivos. Cerca del 10% se destina a usos medicinales y el resto a cultivos comerciales.

Foto: J G SOLER/ FUNDACIÓN GAIA AMAZONAS.

Chagras y deforestación

Aunque la actividad agrícola en la Amazonía puede asociarse con la pérdida de bosque, los territorios administrados por pueblos indígenas han demostrado ser una de las formas más eficaces de contener la deforestación tropical. En este contexto, las chagras están vinculadas a una forma más amplia de gestión indígena del territorio y a una cosmovisión que establece relaciones entre las comunidades, las plantas, los animales y el bosque.

Sin embargo, todavía existen vacíos de información sobre el papel específico que desempeñan las chagras en la resistencia frente a la deforestación y el cambio climático. Tampoco se conoce con precisión qué superficie ocupan estos sistemas agrícolas en toda la Amazonía y siguen siendo escasas las investigaciones comparativas con otros modelos de producción.

La falta de comprensión sobre su funcionamiento también ha generado conflictos. Un proyecto de créditos de carbono en Colombia clasificó las chagras como áreas deforestadas y planteó reducir su extensión en Jaguares del Yuruparí.

El proyecto fue paralizado por una sentencia judicial de 2024, que determinó que las empresas involucradas no habían respetado los derechos de las poblaciones indígenas.

“Por supuesto, una chagra implica despejar terreno, pero no se trata de una tala indiscriminada o descontrolada; más bien, es un desbroce realizado para producir alimentos que luego se convierte en rastrojo y, posteriormente, se reforesta”, explica Chapetón.

Minería y cambio climático

La minería de oro se ha convertido en una de las principales amenazas para las chagras, según Chapetón. En Jaguares del Yuruparí, la contaminación por mercurio asociada a esta actividad alcanzó niveles que llevaron a la Corte Constitucional de Colombia a determinar, en 2025, que existe un riesgo para la identidad indígena y la seguridad alimentaria de las comunidades locales.

En la provincia ecuatoriana de Napo, la expansión de la minería también está afectando la continuidad de las prácticas agrícolas tradicionales.

Ruth Cayapa, líder de la comunidad indígena kichwa y presidenta de Kallari, señala que la minería está alejando a los jóvenes de la agricultura. De acuerdo con Chapetón, en diferentes zonas de la región quienes no se incorporan a actividades mineras terminan abandonando sus territorios ante las limitadas perspectivas económicas y las dificultades para acceder a derechos y servicios básicos.

A estas presiones se suma el cambio climático. El aumento de la sequía en la Amazonía puede estar modificando los calendarios ecológicos, reduciendo la producción agrícola y aumentando la necesidad de comprar alimentos, según testimonios recopilados por Gaia Amazonas.

Las variaciones impredecibles en el caudal de los ríos también afectan la reproducción y disponibilidad de peces. Al mismo tiempo, la caza se ha vuelto más difícil y algunos animales son cada vez más pequeños, lo que obliga a los cazadores a capturar un mayor número de ejemplares.

En las chagras también han comenzado a aparecer nuevas plagas. Yucuna señala que las lluvias irregulares han alterado los ciclos de siembra y los periodos destinados a la limpieza y quema controlada de las parcelas.

“Es un caos ecológico”, afirma.

La agricultora añade que la intensidad del sol durante el mediodía ha aumentado hasta el punto de que trabajar en las chagras se ha vuelto “simplemente imposible” en determinados momentos.

Presiones sobre las chagras

Además de las amenazas ambientales, estos sistemas enfrentan presiones derivadas del crecimiento de la población en las reservas, la proximidad de zonas urbanas y la creciente demanda comercial de productos amazónicos.

En Ecuador, Echezuría Fernández advierte que la comercialización de los productos de las chagras puede generar nuevas tensiones. Entre los casos mencionados se encuentra el de una empresa de cacao fino que presionaba a una comunidad para incrementar su producción. Para las familias que mantienen estos sistemas, sin embargo, parte de la producción puede perderse debido a las plagas sin que esto necesariamente sea considerado un fracaso.

“Es parte de la vida”, explica Echezuría Fernández.

Tras cinco o seis años de utilización, las chagras son abandonadas como áreas de cultivo y comienzan a regenerarse. Aun durante este proceso, continúan proporcionando frutos y espacios de caza para las comunidades. La protección de los derechos territoriales aparece como uno de los principales mecanismos para garantizar la continuidad de estos sistemas, sostiene Chapetón.

En Colombia, las comunidades indígenas llevan años promoviendo la implementación de las Entidades Territoriales Indígenas (ETI), una figura destinada a otorgar mayor autonomía política y financiera a sus territorios. En Ecuador, el gobierno local reconoció oficialmente en 2025 una certificación estandarizada para productos provenientes de chakras, según Espín.

El debate sobre las chagras, sin embargo, trasciende la comercialización de productos sostenibles. Estos sistemas plantean una forma diferente de organizar la producción de alimentos, basada en la diversidad de especies, el conocimiento territorial y la integración con los ciclos del bosque.

El modelo también permite observar los impactos asociados a otros sistemas de producción alimentaria, entre ellos las emisiones de gases de efecto invernadero, la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo y el agotamiento de los recursos hídricos. Las chagras difícilmente podrían sustituir los sistemas agrícolas destinados a alimentar grandes poblaciones, reconoce Chapetón. Su importancia radica, en cambio, en la capacidad de producir alimentos locales y sostenibles vinculados con las culturas y territorios donde son cultivados.

“Lo que hace falta es fortalecer todos los sistemas alimentarios locales para que puedan abastecer a las comunidades de su entorno”, concluye Chapetón.

Steve Rodríguez

Steve Rodríguez es reportero de Fronteira Livre, investigador y doctorando en la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA). Posee una formación interdisciplinaria en narrativa audiovisual, estudios culturales latinoamericanos y prácticas pedagógicas anticoloniales. Su trayectoria articula la creación artística en ámbitos como el teatro, el cine y la cultura visual con la reflexión crítica y la investigación académica, desde una perspectiva inspirada en los estudios visuales desarrollados por Nicholas Mirzoeff.

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