Cuando las voces contra la guerra hablan el lenguaje del imperio

Cuando las voces contra la guerra hablan el lenguaje del imperio

Protesta contra la guerra y el genocidio en Gaza. Fotos: Wikimedia. Design: Palestine Chronicle
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Por Ramzy Baroud

Una destacada defensora de los derechos humanos ha condenado repetidamente la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán. Lo ha hecho con claridad. Ha denunciado la ilegalidad de esa guerra sin ambigüedades. Sin embargo, casi siempre introduce una salvedad. Recuerda a su audiencia que el gobierno iraní habría asesinado a “decenas de miles de manifestantes” durante las protestas de los últimos años.

La cifra resulta, como mínimo, discutible. Incluso estimaciones ampliamente difundidas por medios internacionales sitúan el número de víctimas en miles, no en decenas de miles. Pero ese no es el verdadero problema. Tampoco lo es el complejo contexto de aquellas movilizaciones, que comenzaron como expresiones legítimas de descontento social y terminaron siendo atravesadas por intereses políticos internos y externos.

Lo verdaderamente significativo es la necesidad de introducir esa aclaración antes de condenar la guerra.

Ese reflejo se ha vuelto habitual entre muchas personas que se consideran progresistas, pacifistas, liberales o incluso de izquierda. Parecen incapaces de denunciar con firmeza las guerras emprendidas por Estados Unidos e Israel sin añadir inmediatamente un matiz que relativice su propia posición. Creen actuar con prudencia. Creen demostrar equilibrio intelectual. Sin embargo, ese gesto suele producir el efecto contrario.

Al introducir esas reservas, debilitan la fuerza de su propia denuncia. Sugieren, consciente o inconscientemente, una falsa equivalencia moral: la guerra contra Irán es condenable, pero Irán también es culpable; el genocidio en Gaza es insoportable, pero los palestinos también tienen responsabilidad. Lo que parece una muestra de equilibrio termina reforzando el mismo marco discursivo que dicen cuestionar.

Quienes defienden esas guerras rara vez sienten la necesidad de hacer algo semejante.

Su discurso no admite vacilaciones. Es categórico. Es absoluto. Con frecuencia se apoya en exageraciones o incluso en afirmaciones falsas. Sin embargo, transmite convicción precisamente porque nunca pone en duda su propia narrativa.

Ese mecanismo no apareció con la guerra contra Gaza ni con la ofensiva contra Irán.

Forma parte de una tradición política mucho más antigua.

Durante décadas, las potencias occidentales recurrieron al lenguaje de la moral para justificar guerras, ocupaciones e intervenciones militares. Hiroshima fue presentada como un sacrificio necesario para salvar vidas. La invasión de Irak convirtió a Saddam Hussein en la personificación absoluta del mal mientras Estados Unidos y sus aliados se atribuían el papel de fuerzas liberadoras. En 2006, la entonces secretaria de Estado estadounidense Condoleezza Rice describió la destrucción provocada por la ofensiva israelí contra Líbano como «los dolores de parto de un nuevo Oriente Medio».

Mucho antes de todo eso, el colonialismo europeo ya había construido esa misma gramática moral. Durante siglos, la conquista de otros pueblos fue presentada como una misión civilizadora. La expansión imperial dejó de aparecer como dominación para convertirse en un supuesto acto de humanidad. La violencia pasó a entenderse como un deber moral.

En ese marco, matar deja de ser un crimen para convertirse en una forma de salvación. Destruir pasa a interpretarse como una promesa de progreso.

Israel ha desarrollado durante décadas su política regional dentro de esa misma lógica discursiva. Sus guerras son presentadas sistemáticamente como conflictos existenciales, indispensables para preservar la seguridad nacional, la democracia e incluso la civilización occidental. Mucho antes de la aparición de Hamás, la resistencia palestina ya era descrita mediante categorías destinadas a negar toda legitimidad política a su existencia.

Durante la Gran Revuelta Palestina de 1936-1939, las autoridades británicas y el movimiento sionista calificaban a los combatientes palestinos como «bandidos», «pandillas» o «terroristas». Las palabras cambiaron con el tiempo, pero no la lógica. Primero fueron nacionalistas. Después, comunistas. Más tarde, islamistas. El propósito siempre fue el mismo: despojar al adversario de toda legitimidad política para que cualquier forma de violencia ejercida contra él pareciera no solo aceptable, sino necesaria.

Muchos críticos de la política israelí reconocen ese mecanismo. Sin embargo, continúan razonando dentro del mismo marco conceptual que dicen cuestionar. Condenan los crímenes cometidos por Israel, pero sienten la necesidad de distanciarse inmediatamente de la resistencia palestina, como si esta pudiera comprenderse al margen de la ocupación, el bloqueo, el despojo y la violencia que la hicieron surgir.

Hablan de «extremistas en ambos bandos». Esa expresión parece transmitir equilibrio. En realidad, termina borrando la profunda asimetría entre una potencia ocupante y un pueblo sometido durante generaciones a la ocupación militar, la colonización y el desplazamiento.

Basta observar cómo reacciona Occidente cuando las víctimas son las suyas.

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, nadie sintió la necesidad de comenzar sus declaraciones recordando los errores de la política exterior estadounidense antes de expresar solidaridad con las víctimas. Lo mismo ocurrió tras los atentados de Londres en 2005 o después del ataque contra Charlie Hebdo en París. La empatía fue inmediata. No estuvo condicionada por aclaraciones previas ni por la necesidad de demostrar imparcialidad.

¿Por qué ese criterio desaparece cuando las víctimas pertenecen al Sur Global?

No ocurrió con Irak.

No ocurrió con Afganistán.

No ocurre con Irán.

Y, por supuesto, tampoco ocurre con Palestina.

Las cifras ayudan a comprender la magnitud de esa diferencia.

Desde el 28 de febrero de 2026, la ofensiva emprendida por Estados Unidos e Israel contra Irán ha provocado la muerte de 3.753 personas y alrededor de 26.500 heridos. Si esas cifras se proyectaran proporcionalmente sobre la población estadounidense, equivaldrían aproximadamente a 12.000 muertos y 85.000 heridos: cerca de cuatro veces el número de víctimas fatales registradas durante los atentados del 11 de septiembre.

En Gaza, la dimensión de la tragedia resulta todavía más devastadora. Más de 72.000 palestinos han sido asesinados, más de 172.000 han resultado heridos y al menos 10.000 permanecen desaparecidos, muchos de ellos bajo los escombros. Diversas estimaciones sostienen, además, que el número real de víctimas podría ser considerablemente mayor.

Trasladadas proporcionalmente a la población de Estados Unidos, esas cifras equivaldrían a unos 236.000 muertos, más de medio millón de heridos y decenas de miles de desaparecidos. Hablamos de un impacto humano cercano a ochenta veces el provocado por los atentados del 11 de septiembre.

Y, aun frente a semejante devastación, persiste el impulso de introducir matices antes de condenar la violencia.

Para muchos activistas occidentales, esa necesidad funciona como una forma de autoprotección. Les permite preservar una imagen de autoridad moral dentro de sus propias sociedades sin poner en riesgo su prestigio profesional, su legitimidad académica o su aceptación política.

Pero el problema es más profundo.

Incluso personas sinceramente comprometidas con la paz continúan interpretando estas guerras desde categorías construidas por las mismas estructuras de poder que dicen combatir.

Su lenguaje parece crítico.

Su intención también.

Pero, con demasiada frecuencia, continúa hablando la gramática moral del imperio.

Como escribió el intelectual palestino Edward Said en su ensayo The Essential Terrorist, el concepto de «terrorismo» terminó ocupando, dentro del discurso político estadounidense, el lugar que durante décadas había ocupado el comunismo. Más que describir una realidad, pasó a funcionar como una herramienta política para fabricar enemigos permanentes y legitimar la violencia ejercida contra ellos.

Algo semejante ocurrió con la retórica de la llamada «intervención humanitaria». Durante décadas, invasiones, ocupaciones y guerras fueron presentadas como obligaciones morales destinadas a proteger los derechos humanos, incluso cuando sus consecuencias fueron destrucción, desplazamientos masivos y cientos de miles de víctimas civiles.

Por eso, el problema no reside únicamente en el lenguaje.

Reside en el marco moral desde el cual ese lenguaje adquiere sentido.

Mientras ese marco permanezca intacto, incluso quienes creen desafiar el discurso dominante terminarán reproduciendo parte de su lógica.

La necesidad permanente de matizar, equilibrar o suavizar cada denuncia no fortalece el compromiso con la justicia. Con demasiada frecuencia, termina debilitándolo.

Quien condena el genocidio en Gaza no tiene ninguna obligación moral de compensar esa denuncia con aclaraciones destinadas a tranquilizar conciencias. Quien denuncia la agresión contra Irán tampoco necesita demostrar equilibrio recordando, antes que nada, las contradicciones del gobierno iraní. Cuando una guerra viola el derecho internacional, debe decirse con claridad. Cuando un pueblo es sometido al exterminio, la denuncia no necesita permisos ni certificados de imparcialidad.

La claridad moral no constituye una forma de radicalismo.

Constituye, simplemente, la decisión de llamar a las cosas por su nombre.

Cuando toda condena necesita ir acompañada de advertencias, explicaciones o justificaciones preventivas, el discurso crítico deja de confrontar al poder y comienza a adaptarse a sus límites. En ese momento, la resistencia pierde su propia voz y termina hablando el lenguaje de aquello que pretendía combatir.

Reconocer la complejidad de los procesos históricos nunca debe confundirse con fabricar falsas equivalencias. Los conflictos pueden ser complejos. La ocupación, el colonialismo, el genocidio y las guerras de agresión también lo son. Pero esa complejidad no elimina la responsabilidad de identificar quién ejerce el poder, quién lo padece y quién soporta las consecuencias más devastadoras de la violencia.

Existe una diferencia profunda entre comprender el contexto y diluir las responsabilidades.

La primera fortalece el análisis.

La segunda favorece al agresor.

La búsqueda permanente de un supuesto equilibrio puede convertirse, paradójicamente, en otra forma de silencio.

Y el silencio, cuando acompaña la injusticia, nunca ha sido neutral.

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* Dr. Ramzy Baroud es periodista, escritor y editor de The Palestine Chronicle, medio en el que este artículo fue publicado originalmente el 19 de abril de 2026. Es autor de ocho libros. Su obra más reciente, Before the Flood, fue publicada por Seven Stories Press. Entre sus títulos también destacan Our Vision for Liberation, My Father Was a Freedom Fighter y The Last Earth. Asimismo, es investigador sénior no residente del Center for Islam and Global Affairs (CIGA).

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Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no reflejan necesariamente la línea editorial de Frontera Livre Latinoamericana. El medio se rige por los principios del pluralismo, la independencia periodística, el pensamiento crítico y el respeto a los derechos humanos.

Publicado originalmente en el portal de la Federación Árabe Palestina de Brasil (FEPAL).


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