Région Andina, COL – Comunidades indígenas y locales de distintas regiones del país están recuperando prácticas ancestrales de cultivo, preservando semillas nativas y desarrollando alternativas a la agricultura basada en el uso intensivo de productos químicos. Estas iniciativas también involucran a comunidades de México, Perú y Ecuador y muestran cómo la producción de alimentos puede contribuir a restaurar los suelos, proteger la biodiversidad y enfrentar el cambio climático.
La agricultura se encuentra entre los sectores responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero. Al mismo tiempo, aproximadamente un tercio de los alimentos producidos en el mundo se desperdicia. A este problema se suma la degradación de los suelos, agravada por el uso intensivo de productos químicos, como pesticidas, fertilizantes y herbicidas.
Luz Elena Navarro, analista de Acción Local y Sistemas Regenerativos de la Alianza por unos Sistemas Alimentarios Conscientes (CoFSA, por sus siglas en inglés), advierte que el uso excesivo de pesticidas compromete la vida del suelo. Según explica, en determinadas condiciones, la capacidad productiva de la tierra puede agotarse en menos de diez años y llegar a apenas cinco años en áreas de monocultivo.
Para Navarro, es necesario replantear los modelos de producción de alimentos y avanzar hacia una transición agroecológica. La especialista coordina iniciativas de colaboración con pueblos indígenas y comunidades locales que trabajan en la recuperación de prácticas agrícolas adaptadas a las características de cada territorio.
Agricultura regenerativa y recuperación de los suelos
La degradación de la tierra también afecta su capacidad para absorber y almacenar carbono. Luis Alberto Camargo, fundador de la Organización para la Educación y Protección Ambiental (OpEPA), en Colombia, afirma que más del 60 % de los suelos del mundo están degradados y han perdido parte de su capacidad para capturar carbono porque ya no conservan la vitalidad necesaria para desarrollar sus procesos naturales.
Camargo recuerda que la alimentación establece una relación directa entre las personas y la naturaleza, aunque esa conexión se ha ido perdiendo de vista. Para él, los suelos representan uno de los mayores reservorios de carbono del planeta y la agricultura cumple un papel fundamental en la conservación de este sistema.
El fundador de OpEPA sostiene que los alimentos también pueden convertirse en una herramienta para enfrentar el cambio climático, siempre que se produzcan mediante técnicas compatibles con el funcionamiento de los ecosistemas. Entre los beneficios de la agricultura regenerativa se encuentran la recuperación de los suelos, el aumento de los polinizadores y la protección de las especies que dispersan semillas.
La propuesta no consiste únicamente en sustituir los productos químicos por insumos naturales. Se trata de transformar la manera en que los agricultores entienden su relación con la tierra y con los demás seres vivos.
De la guerra contra la naturaleza a la recuperación de la tierra
Diego Moreno, coordinador de las Aulas Agroalimentarias de la organización colombiana Fondo Acción, cuestiona el modelo agrícola industrial, que históricamente ha situado al agricultor en el papel de alguien encargado de combatir la naturaleza.
Según Moreno, los fertilizantes, herbicidas, insecticidas y fungicidas fueron concebidos originalmente como armas de guerra. Ese origen ayuda a entender por qué la agricultura industrial terminó funcionando bajo una lógica de enfrentamiento permanente contra los procesos naturales. El coordinador cuestiona una producción de alimentos basada en la destrucción de organismos considerados perjudiciales para los cultivos. Cuenta que, ante problemas con gusanos u hormigas, la respuesta habitual suele ser buscar algún veneno para eliminarlos.
Para Moreno, esa lógica debe cambiar. En lugar de considerar a la naturaleza una enemiga, el agricultor debe trabajar con los recursos disponibles en su propio territorio y entender la producción agrícola como una actividad orientada a recuperar la vida.
Para explicar este cambio de perspectiva, utiliza la figura del cocinero. Así como alguien que cocina combina ingredientes para preparar un alimento, el agricultor regenerativo aprovecha los materiales y recursos locales para recuperar la salud del suelo y de los cultivos. Moreno relaciona esta idea con el propio origen de la palabra restaurante, vinculada a la restauración.
Comunidades indígenas recuperan alimentos y conocimientos locales en Colombia
En Colombia, una de las experiencias se desarrolla en la Sierra Nevada de Santa Marta, junto al pueblo indígena Arhuaco. La iniciativa trabaja con la maminteca, una planta nativa de América, similar al cilantro pero de hojas más anchas, cuyo uso había sido desplazado por los condimentos industrializados.
A través de talleres de cocina, los participantes comenzaron a elaborar sales aromatizadas con esta planta. Uno de los productos desarrollados es la sal amia, preparada con maminteca y comercializada en restaurantes. Además de recuperar el uso de un ingrediente tradicional, esta producción abrió una posibilidad de generación de ingresos para la comunidad.
La experiencia muestra cómo la valorización de los alimentos locales puede vincular la recuperación ambiental con la autonomía económica de las comunidades. En este caso, la recuperación de un ingrediente tradicional también representa una alternativa frente al desplazamiento de conocimientos y prácticas alimentarias por productos industrializados.
En las Islas del Rosario, también en Colombia, otras iniciativas están recuperando ingredientes y recetas que habían perdido presencia en la alimentación cotidiana. Margarita O. Zethelius, codirectora del Centro Ubuntu, cuenta que las comunidades locales volvieron a utilizar diferentes especias y a preparar arroces con vegetales y productos cultivados en la región.
Entre los platos recuperados se encuentran el arroz de ahuyama, el arroz de plátano y el pintadito, preparado con frijoles y plátano. La receta utiliza el frijol taraota, una variedad que puede cultivarse en esa zona.
Zethelius también destaca la recuperación de semillas de frijol, cuyo cultivo volvió a ganar espacio y comenzó a abastecer a importantes restaurantes. Otro ejemplo es el corozo, un fruto cuyo consumo tradicional estaba asociado principalmente a la Semana Santa. Actualmente, su jugo es solicitado en distintos restaurantes y ha ganado espacio en la comercialización local.
México, Perú y Ecuador preservan sistemas ancestrales de cultivo
Las experiencias de recuperación agrícola no se limitan a Colombia. En distintos países latinoamericanos, comunidades indígenas mantienen o retoman sistemas tradicionales de cultivo que combinan la producción de alimentos, la conservación ambiental y las prácticas culturales.
En la península de Yucatán, México, comunidades mayas conocidas como guardianas de las semillas continúan cultivando la milpa ancestral. Este sistema combina la siembra de maíz, frijol y calabaza, además de estar relacionado con rituales y ceremonias transmitidos entre generaciones.
Luz Elena Navarro explica que la milpa maya logró ser inscrita como patrimonio alimentario mundial por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). El reconocimiento está relacionado con la importancia de este sistema agrícola, que integra diversidad de cultivos, conocimientos tradicionales y prácticas culturales.
En Perú, otra experiencia se desarrolla en el Parque de la Papa, ubicado en los Andes. Seis comunidades indígenas reunieron un territorio de 10.000 hectáreas para preservar variedades nativas de este tubérculo. Según Navarro, la iniciativa ya ha recuperado 1.300 variedades de papas y trabaja con el concepto de territorios bioculturales.
La propuesta no se limita a conservar las especies vegetales. También busca proteger los conocimientos, los rituales y las formas de relacionarse con la tierra que forman parte de la cosmovisión quechua. Desde esta perspectiva, la biodiversidad y la cultura no son dimensiones separadas, sino elementos que dependen uno del otro para continuar existiendo.
En Ecuador, la Fundación Pachamama trabaja en la revitalización de los llamados territorios de vida mediante el sistema ancestral conocido como Chacra Quechua Azul. La organización busca recuperar una forma de organización territorial que combina áreas de conservación, espacios de cultivo y lugares de vivienda de las comunidades.
El sistema divide el territorio en tres partes. La primera está destinada a la conservación del bosque, donde no se realizan actividades de explotación. La segunda corresponde a la chacra, un espacio agrícola en el que se cultivan conjuntamente verduras, plantas medicinales, árboles y frutas. La tercera comprende los espacios donde se encuentran las viviendas y habitan las comunidades.
Según Navarro, este modelo se está reproduciendo en distintas comunidades de la Amazonía. Además de la organización de los espacios de conservación y producción, las iniciativas incluyen ceremonias, rituales e intercambio de semillas.
Estas experiencias muestran que la recuperación de los suelos y la producción de alimentos pueden avanzar junto con la preservación de los conocimientos indígenas y las formas comunitarias de organización. En lugar de separar agricultura, cultura y naturaleza, estos sistemas entienden la alimentación como parte de una relación más amplia con el territorio.
La recuperación de semillas, ingredientes y técnicas tradicionales también permite que las comunidades mantengan sus propias prácticas alimentarias y encuentren alternativas económicas vinculadas a los recursos locales. En este sentido, la agricultura regenerativa no se limita a la manera de cultivar, sino que también involucra quién controla las semillas, qué alimentos llegan a la mesa y cómo se cuidan los territorios.



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