São Paulo, SP – Tres de cada cuatro personas en Brasil juegan videojuegos de forma frecuente, pero esta práctica dejó de ser una simple distracción para convertirse en un problema de salud mental: el trastorno del juego electrónico. Reconocida desde 2018 por la Organización Mundial de la Salud (OMS), esta condición médica se diagnostica formalmente cuando el usuario prioriza los videojuegos por encima de sus actividades diarias básicas y sufre pérdidas o daños concretos en el trabajo, la escuela, las finanzas y la convivencia social durante al menos 12 meses consecutivos.
La 13ª edición de la investigación Pesquisa Game Brasil revela que este consumo abarca a todas las edades. Aunque las generaciones Z y Millennials concentran el mayor número de usuarios, casi la mitad de los integrantes de la generación Baby Boomer juega activamente. Las mujeres representan ya el 52,8% del total de jugadores en el país. El teléfono celular lidera el acceso con el 44,1% de preferencia, por encima de las consolas (24%) y las computadoras (21,2%).
Especialistas en salud mental explicaron que el diseño de los videojuegos actuales aplica mecanismos de enganche basados en recompensas instantáneas, desafíos sin pausa y avisos constantes en pantalla. Este sistema activa de manera continua el circuito cerebral de recompensa. El psiquiatra Elton Kanomata, del Hospital Israelita Albert Einstein, afirmó que este estímulo repetitivo puede generar alteraciones en la neurocircuitos a largo plazo.
En niños y adolescentes, cuyo cerebro sigue en desarrollo, los efectos en la conducta son más graves. Kanomata recomendó a madres, padres y tutores vigilar signos de alarma como el abandono repentino de otros pasatiempos, la pérdida de horas de sueño, los cambios bruscos de humor, la irritabilidad cuando no están jugando, el aislamiento social, las mentiras sobre las horas reales frente a la pantalla y el hábito de pasar la noche despiertos frente a los dispositivos.
Datos científicos recientes muestran la magnitud del fenómeno. Una revisión sistemática publicada en la revista Child and Adolescent Psychiatry and Mental Health, que reunió datos de más de 250 mil jóvenes, calculó que cerca del 10% desarrolla esta patología. En Brasil, uno de los estudios incluidos en el análisis detectó un uso problemático de videojuegos en más del 28% de los adolescentes evaluados. Entre adultos de 18 a 35 años, un metaanálisis de la revista Addictive Behaviors con cerca de 150 mil personas estimó una prevalencia del 6,1%, cifra que sube al 8,1% al analizar únicamente a quienes juegan de manera habitual.
El psiquiatra Rodrigo Menezes Machado, coordinador del grupo de Dependencias Tecnológicas del Instituto de Psiquiatría (IPq) del Hospital das Clínicas de la Universidad de São Paulo (USP), aclaró que la cantidad de horas en pantalla por sí sola no determina el diagnóstico, sino el daño práctico en la vida cotidiana. Según el médico, la estructura interactiva de los juegos funciona como un detonante sobre factores de riesgo individuales, como antecedentes familiares de adicción, conductas impulsivas, baja autoestima, ansiedad social y el uso de las plataformas digitales para escapar de problemas cotidianos.
El cuadro suele manifestarse junto con otros diagnósticos, como depresión, trastorno de ansiedad generalizada y TDAH. La facilidad de conexión desde el celular y el aislamiento dentro de las habitaciones retrasan la detección temprana en los hogares. Machado advirtió que esta conducta compulsiva no deja olores ni botellas vacías a la vista, motivo por el cual las familias suelen acudir a consultas médicas especializadas recién cuando los daños personales, académicos o laborales ya son graves y llevan meses o años acumulándose.
Profesionales de la salud señalaron que la prevención demanda establecer rutinas diarias ordenadas, horarios estrictos de desconexión y la práctica habitual de actividades presenciales fuera de internet. En los casos donde la dependencia ya está instalada, el tratamiento clínico combina psicoterapia cognitivo-conductual, acompañamiento psiquiátrico y el compromiso directo del entorno familiar en todo el proceso de recuperación.



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