Por Giovanni Antunes
La pedagogía enfrenta en el siglo XXI un desafío que va más allá de las transformaciones de la escuela: preservar su identidad mientras dialoga con otras áreas del conocimiento. La psicología y la neurociencia, entre otras ciencias, aportaron contribuciones importantes para comprender el aprendizaje y el desarrollo humano. El problema comienza cuando esas contribuciones pasan a ocupar el espacio propio de la pedagogía.
La ampliación de las demandas sobre la escuela hizo que esta cuestión fuera aún más evidente. Cada vez más, se espera que el pedagogo responda por problemas de diferentes naturalezas, acumulando funciones y buscando nuevas especializaciones para dar cuenta de responsabilidades que no siempre pertenecen a su área de formación.
Cuando el pedagogo se vuelve “hace-todo”
La interdisciplinariedad es necesaria, pero no puede significar confusión de atribuciones. El pedagogo no es psicólogo, médico, terapeuta o trabajador social. Esto no disminuye la importancia de esos profesionales en el entorno escolar; al contrario, refuerza la necesidad de una actuación articulada, en la que cada área contribuya a partir de sus competencias.
Cuando la escuela pasa a ser vista como una especie de clínica y el pedagogo necesita responder por prácticamente todas las demandas de los estudiantes, se corre el riesgo de debilitar su función principal.
El llamado profesional “hace-todo” puede terminar sobrecargado y, justamente por acumular demasiadas responsabilidades, tener menos condiciones de ejercer plenamente aquello para lo que fue formado.
Por eso, es preciso recalcular la ruta. Los desafíos de la educación no van a desaparecer y tienden a volverse más complejos. La respuesta, sin embargo, no puede ser simplemente añadir funciones al pedagogo.
La inclusión exige responsabilidad
La inclusión escolar es indispensable, pero no puede ser tratada como responsabilidad exclusiva de la escuela. La inclusión involucra a toda la sociedad y exige políticas públicas, estructura, participación de las familias y actuación de diferentes profesionales.
En este debate, el papel del pedagogo debe discutirse con claridad. ¿Qué responsabilidades corresponden a este profesional? ¿Qué formación recibe para enfrentar las nuevas demandas? ¿Cuáles funciones necesitan ser compartidas con otras áreas?
También es necesario discutir el plan de estudios de las carreras de pedagogía. Preparar al futuro profesional para una realidad más compleja no significa transformarlo en un especialista en todo. Significa ofrecer una formación capaz de comprender diferentes necesidades y trabajar de manera integrada con otros campos.
Escuchar a quienes viven la realidad escolar
Ninguna política educativa será efectiva si se construye sin escuchar a quienes están diariamente dentro de las escuelas. Profesores, pedagogos, funcionarios, estudiantes y familias conocen dificultades que no siempre aparecen en los documentos ni en las decisiones tomadas a la distancia.
La pedagogía no necesita cerrarse a otras ciencias. Necesita dialogar con ellas sin perder su identidad.
Valorar la pedagogía es reconocer que cada área tiene su papel y que la educación se fortalece cuando estos conocimientos trabajan juntos, y no cuando uno sustituye al otro.
El desafío del siglo XXI, por lo tanto, no es transformar al pedagogo en alguien capaz de hacer todo. Es garantizar que tenga formación, estructura y reconocimiento para hacer bien aquello que es propio de la pedagogía.
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*Giovanni Antunes es graduado en Historia y profesor de educación infantil en Foz do Iguaçu-PR.
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