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Las conversaciones cotidianas están desapareciendo

Una investigación con más de 2.000 participantes encontró una reducción promedio de 338 palabras habladas por día durante 17 años, con una caída mayor entre los jóvenes

El uso del celular ha cambiado la manera en que las personas se relacionan durante el día. Foto: Banco de Imágenes/Pinterest.

Arizona, EUA – Las personas están hablando menos. Un estudio publicado en la revista científica Perspectives on Psychological Science encontró una reducción promedio de 338 palabras habladas por persona cada día a lo largo de un período de 17 años. Entre los participantes menores de 25 años, la disminución llegó a 451 palabras diarias, mientras que entre los mayores de 25 años fue de 314.

La investigación fue realizada por los científicos Valeria Pfeifer y Matthias Mehl y reunió a más de 2.000 participantes de diferentes edades y países, entre ellos Estados Unidos, México, Australia y algunos países europeos. Los datos fueron comparados con una investigación realizada por los mismos investigadores en 2007, cuando habían identificado un promedio de aproximadamente 16.000 palabras pronunciadas por día.

Diecisiete años después, los investigadores volvieron a analizar el comportamiento y encontraron un promedio cercano a las 12.000 palabras diarias. La diferencia representa unas 4.000 palabras menos cada día en comparación con el estudio anterior. Si se toma como referencia la reducción promedio de 338 palabras diarias, la diferencia acumulada durante un año llega a casi 110.000 palabras. Es una cantidad similar a la extensión de una novela corta.

Los investigadores aclaran que el estudio no fue diseñado para determinar las causas de esta reducción. Sin embargo, Mehl considera posible que la expansión de los teléfonos celulares, internet y las redes sociales haya cambiado la manera en que las personas se comunican.

Parte de las palabras que antes se pronunciaban podrían haber migrado hacia la comunicación escrita, mediante mensajes de texto, correos electrónicos y redes sociales. Esto significa que una reducción en el lenguaje hablado no necesariamente implica una disminución en la cantidad total de palabras utilizadas.

De hecho, Mehl considera posible que el volumen total de palabras utilizadas actualmente sea incluso mayor que en el pasado si se suman las conversaciones escritas que ocurren a través de dispositivos digitales.

Los jóvenes hablan todavía menos

La investigación también permitió comparar los resultados según la edad de los participantes. Los investigadores dividieron la muestra entre personas menores de 25 años y mayores de 25. El grupo más joven presentó una disminución considerablemente mayor.

En promedio, los menores de 25 años dejaron de pronunciar 451 palabras al día, mientras que los mayores de 25 años registraron una reducción de 314 palabras.

Para Mehl, este resultado es compatible con la posibilidad de que los dispositivos digitales estén sustituyendo parte de las conversaciones habladas. Sin embargo, los datos no permiten afirmar por sí solos que los teléfonos celulares sean la causa directa de la disminución.

El cambio parece estar relacionado principalmente con la forma en que las personas se comunican y con las oportunidades que tienen para mantener conversaciones espontáneas durante sus actividades cotidianas.

Celulares, aislamiento y cambios en la vida cotidiana podrían estar transformando la manera en que conversamos. Foto: GETTY IMAGES.

Las pequeñas conversaciones que están desapareciendo

Según Mehl, una parte importante de las palabras que se han perdido probablemente corresponde a conversaciones breves y casuales.

Se trata de interacciones con personas que no necesariamente forman parte del círculo cercano, pero que aparecen repetidamente en la vida cotidiana: el vecino con quien alguien se cruza durante un paseo, la persona que atiende en una panadería, un empleado del supermercado o alguien a quien se le pide una dirección en la calle.

Son relaciones que los investigadores denominan “vínculos débiles”. No tienen la misma importancia que los familiares o los amigos cercanos, pero forman parte de la red cotidiana de relaciones sociales. La tecnología ha eliminado algunas de esas oportunidades de conversación.

Una persona que sale a pasear a su perro con audífonos puede aprovechar ese momento para escuchar un podcast en lugar de saludar a su vecino. En un supermercado, alguien puede permanecer concentrado en el teléfono mientras espera para pagar, sin conversar con la persona que está atendiendo.

También han desaparecido algunas interacciones que antes eran necesarias. En un restaurante, por ejemplo, el cliente puede pagar directamente con su teléfono después de escanear un código, sin tener que hablar con el mesero. Cuando alguien necesita encontrar una dirección, puede recurrir inmediatamente a una aplicación de mapas en lugar de preguntarle a otra persona.

Para Mehl, estas transformaciones muestran una búsqueda constante de eficiencia. Las personas pueden aprovechar mejor su tiempo, realizar varias actividades simultáneamente y evitar determinadas interacciones. Pero, al mismo tiempo, dejan de vivir pequeños encuentros que antes formaban parte de la rutina.

Ser visto y reconocido

Para explicar el efecto de esas interacciones aparentemente insignificantes, Mehl relata una situación cotidiana en una panadería local de Arizona, donde vive actualmente. Cuando entra al establecimiento y la persona que trabaja allí lo saluda por su nombre, experimenta la sensación de ser reconocido.

Ese tipo de encuentro puede parecer insignificante, pero produce lo que el investigador denomina “micromomentos de pertenencia”.

No se trata de la misma sensación de pertenencia que se construye con la familia, los amigos o las relaciones cercanas. Es una experiencia mucho más breve: saber que alguien nos reconoce, que nos ha visto antes y que formamos parte, aunque sea mínimamente, de un espacio social.

Para Mehl, esos momentos pueden adquirir mayor importancia en sociedades donde el aislamiento social y la soledad se han convertido en problemas frecuentes. Un saludo al vecino durante un paseo, una conversación breve con quien atiende en una tienda o incluso pedirle una dirección a un desconocido pueden generar una pequeña sensación de conexión con otras personas.

¿Qué ocurrió después de la pandemia?

Los datos utilizados en la investigación llegan hasta 2019, antes de la pandemia de covid-19 y de la expansión del trabajo remoto. Por esa razón, todavía no existen datos suficientes para determinar directamente qué ocurrió con las conversaciones después de la pandemia.

Mehl señala que no hay razones para pensar que la tendencia de largo plazo se haya detenido. La pandemia redujo de manera drástica las posibilidades de mantener encuentros espontáneos y obligó a millones de personas a mantener distancia física durante largos períodos.

Después de la pandemia, muchas personas también reportaron una especie de “inercia social”: interactuar con otras personas parecía haberse vuelto más difícil, mientras que recibir visitas, salir de casa o retomar encuentros presenciales podía resultar más complicado.

El investigador considera posible que parte de la reducción provocada por el aislamiento haya sido recuperada posteriormente. Sin embargo, afirma que sería sorprendente que la tendencia general observada durante las últimas décadas hubiera desaparecido por completo. Actualmente existen nuevos estudios en curso que permitirán analizar en los próximos años si el comportamiento cambió después de la pandemia.

La investigación no representa a todas las culturas

Los propios investigadores advierten que los resultados tienen un alcance limitado. El estudio se concentró principalmente en personas pertenecientes a culturas occidentales e individualistas. Por eso, sus resultados no necesariamente pueden aplicarse de la misma manera a sociedades con estructuras culturales más colectivistas.

Las formas de relacionarse, conversar y construir vínculos sociales varían entre sociedades. Por esa razón, la reducción identificada en el estudio debe entenderse dentro de las características de las poblaciones analizadas.

Esto también abre una pregunta sobre el impacto que los cambios tecnológicos pueden tener en diferentes culturas y formas de vida.

Hablar más como una forma de conexión

Para enfrentar el aislamiento social, Mehl plantea una respuesta sencilla: recuperar algunas de esas conversaciones que aparecen durante la vida cotidiana. El investigador menciona los trabajos de Gillian Sandström y Nicholas Epley, autores de Once Upon a Stranger y A Little More Social, como referencias para pensar en la importancia de interactuar más con otras personas.

La propuesta puede resumirse en algo simple: aprovechar las oportunidades de conversación que aparecen durante el día. Mehl cuenta que él mismo adoptó una regla personal: cuando piensa que podría hablar con alguien en ese momento, intenta hacerlo.

El objetivo no es mantener conversaciones largas ni transformar cada encuentro cotidiano en una relación cercana. Se trata de recuperar algunas de las interacciones que desaparecieron a medida que los teléfonos, las aplicaciones y otros dispositivos comenzaron a ocupar esos espacios.

Para el investigador, esos encuentros también pueden tener un efecto colectivo. Cuando una persona saluda a su vecino en la calle, puede sentir durante unos segundos que forma parte de ese vecindario. Al mismo tiempo, el saludo transmite un mensaje básico entre personas: “te veo, no quiero hacerte daño”.

En un contexto marcado por el aislamiento social y la polarización, esas pequeñas interacciones pueden convertirse en espacios cotidianos de contacto entre personas que, de otro modo, probablemente no tendrían ningún tipo de conversación.

Steve Rodríguez

Steve Rodríguez es reportero de Fronteira Livre, investigador y doctorando en la Universidad Federal de Integración Latinoamericana (UNILA). Posee una formación interdisciplinaria en narrativa audiovisual, estudios culturales latinoamericanos y prácticas pedagógicas anticoloniales. Su trayectoria articula la creación artística en ámbitos como el teatro, el cine y la cultura visual con la reflexión crítica y la investigación académica, desde una perspectiva inspirada en los estudios visuales desarrollados por Nicholas Mirzoeff.

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