Washington, Estados Unidos – Durante décadas, América Latina fue presentada como la región de las desigualdades extremas, mientras Estados Unidos aparecía como símbolo de prosperidad económica y movilidad social. Sin embargo, nuevos datos divulgados por el Banco de la Reserva Federal de Nueva York muestran una realidad mucho más compleja.
Un estudio basado en la Encuesta de Expectativas del Consumidor identificó un aumento significativo de la inseguridad alimentaria entre familias estadounidenses de bajos ingresos, especialmente aquellas con menor nivel educativo y con hijos pequeños.
La investigación concluye que más hogares recurrieron a ayudas alimentarias, programas de asistencia pública y ahorros personales para garantizar su supervivencia que en los primeros meses de la pandemia de Covid-19. Los investigadores describen el fenómeno como un “aumento notable” de la inseguridad alimentaria.
Detrás de los números aparece una paradoja cada vez más evidente. Mientras Wall Street continúa acumulando ganancias y los grandes patrimonios se benefician de la valorización de activos financieros e inmobiliarios, millones de personas enfrentan dificultades para acceder a necesidades básicas.
Cerca del 10% de los encuestados declaró haber omitido comidas por falta de alimentos en sus hogares. Casi una de cada seis familias dependió de donaciones alimentarias. Entre los sectores con ingresos inferiores a 50 mil dólares anuales, la situación resulta aún más grave.
Los investigadores describen esta dinámica como una “economía en forma de K”. En la parte superior se encuentran los sectores más favorecidos por la expansión económica. En la inferior, trabajadores y familias que enfrentan inflación persistente, endeudamiento creciente, altos costos de vida e incertidumbre laboral.
La situación trasciende el ámbito económico.
El hambre impacta la salud física y mental, afecta el rendimiento escolar, limita oportunidades laborales y profundiza ciclos de exclusión social. Por ello, organismos internacionales consideran la seguridad alimentaria como un componente esencial de los derechos humanos.
El informe también detectó una fuerte caída de la confianza de los consumidores y un aumento del pesimismo económico. Las expectativas de conseguir empleo disminuyeron precisamente entre los grupos más afectados por la inseguridad alimentaria.
Los niveles actuales de confianza se aproximan o incluso se sitúan por debajo de los registrados durante la pandemia y la crisis financiera internacional de 2008.
Para América Latina, estos datos ofrecen una reflexión relevante.
Durante años, la región observó a Estados Unidos como referencia de estabilidad económica. Sin embargo, los problemas asociados a la concentración de riqueza y la exclusión social ya no son fenómenos exclusivamente latinoamericanos.
La pregunta que surge es profundamente política: ¿puede una sociedad considerarse plenamente democrática cuando millones de personas enfrentan dificultades para acceder a la alimentación mientras la riqueza continúa concentrándose en una minoría?
El estudio no responde directamente esa cuestión. Pero sus resultados muestran que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza bienestar social.
Y recuerdan que el hambre continúa siendo una de las expresiones más visibles de las desigualdades que atraviesan el continente americano.
Fuente original: https://libertystreeteconomics.newyorkfed.org/2026/05/food-insecurity-and-consumer-pessimism/





















