*Editorial Fronteira Livre
Hay crímenes que trascienden los límites de una investigación policial y terminan convirtiéndose en retratos de una época. Toda sociedad elige, de manera consciente o inconsciente, aquello que está dispuesta a tolerar. Existen violencias que provocan conmoción inmediata, ocupan el debate público y exigen respuestas urgentes de las autoridades. Otras, en cambio, se repiten con tanta frecuencia que terminan incorporándose al paisaje cotidiano, como si fueran una parte inevitable de la realidad. Allí reside uno de los mayores fracasos de nuestro tiempo.
En los últimos días, la brutalidad volvió a ocupar titulares en América Latina. En Foz do Iguaçu, Brasil, la adolescente Iasmyn Eckhardt da Silva fue asesinada cuando estaba a punto de cumplir quince años. En Córdoba, Argentina, Agostina Vega, también de 14 años, desapareció y días después fue hallada asesinada y descuartizada. Dos historias separadas por fronteras nacionales, pero unidas por una misma tragedia. No solo por la violencia ejercida contra dos adolescentes, sino porque exponen una realidad que atraviesa países, idiomas y gobiernos: la incapacidad de nuestras comunidades para proteger a niñas, adolescentes y mujeres.
La reacción pública frente a estos hechos suele repetir un patrón conocido. Llegan la indignación, los reclamos de justicia, las expresiones de solidaridad y las exigencias de castigo para los responsables. Todo eso es legítimo y necesario. El problema aparece cuando, pasado el impacto inicial, la discusión rara vez avanza hacia las causas profundas que hacen posibles estas tragedias. El debate termina concentrándose en el criminal, como si se tratara de una anomalía aislada y no del producto de una realidad social mucho más amplia.
Es cómodo considerar estos casos como hechos excepcionales. También lo es creer que la violencia nace de individuos monstruosos que irrumpen repentinamente en una sociedad sana. Esa explicación simplifica el problema y libera de responsabilidades al conjunto de la comunidad. Si el agresor es apenas una excepción, desaparece la necesidad de cuestionar la cultura que lo formó, los valores que lo rodearon y los silencios que hicieron posible su existencia.
La violencia contra niñas y mujeres se produce dentro de estructuras sociales que continúan reproduciendo desigualdades, naturalizando relaciones de poder y convirtiendo los cuerpos femeninos en espacios de control. Es una violencia que se expresa de manera extrema en los feminicidios y en los crímenes que conmocionan a la opinión pública, pero que también está presente en los abusos cotidianos, la violencia doméstica, las amenazas, el acoso y las múltiples formas de violencia sexual que rara vez llegan a las portadas.
Los datos de Foz do Iguaçu ayudan a dimensionar la magnitud de esta tragedia silenciosa. La ciudad registra un promedio cercano a diez casos mensuales de violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes. Solo en 2025 fueron contabilizadas 168 denuncias policiales. No se trata de episodios aislados ni de una situación excepcional. Es una realidad permanente que convive con la rutina de una ciudad fronteriza y que refleja un problema presente en toda América Latina.
La violencia sexual contra niñas, niños y adolescentes tampoco ocurre en un vacío social. Con frecuencia se desarrolla dentro de hogares, familias y relaciones de confianza. En numerosos casos, los agresores ocupan posiciones de autoridad sobre las víctimas. Son padres, padrastros, familiares cercanos o personas conocidas. La imagen del peligro desconocido que acecha en las calles ayuda a construir temor, pero muchas veces oculta una verdad más incómoda: la violencia suele habitar precisamente los espacios que deberían ofrecer protección.
En ese contexto, las palabras de la tía de Iasmyn adquieren una dimensión que trasciende el dolor familiar para convertirse en una denuncia política. Al afirmar que la sociedad debe dejar de preguntarse qué hacía una adolescente en la calle y comenzar a preguntarse por qué tantos hombres se sienten con derecho sobre los cuerpos de las mujeres, expuso una de las contradicciones más profundas de nuestra cultura.
Todavía existe una tendencia casi automática a investigar la vida de la víctima antes que las estructuras que alimentan la violencia. Se examina la ropa, los horarios, las amistades, los recorridos y las decisiones personales. Se busca una explicación para la conducta de la adolescente cuando la única explicación indispensable debería encontrarse en la conducta del agresor.
Esa inversión de responsabilidades no es un detalle menor. Una sociedad que juzga a las víctimas con más severidad que a los agresores contribuye a perpetuar el mismo ciclo de violencia que dice combatir. La culpabilización de niñas y mujeres no reduce la violencia. Por el contrario, crea un entorno donde el miedo se convierte en responsabilidad de quien lo padece y no de quien lo provoca. El juicio moral sustituye al análisis social y el resultado es perverso: las víctimas terminan obligadas a justificar su existencia mientras los agresores son presentados como excepciones incomprensibles.
Resulta imposible observar esta realidad sin reconocer la existencia de una crisis social más profunda. La violencia contra niñas y mujeres no comienza en el momento del crimen. Se construye lentamente a través de relaciones desiguales de poder, culturas que naturalizan el control sobre los cuerpos femeninos y estructuras que enseñan subordinación a unas y autoridad a otros. También encuentra terreno fértil en una época marcada por la banalización del odio, la expansión de la misoginia en las redes sociales y el fortalecimiento de discursos que convierten a las mujeres en blanco permanente de hostilidad.
Al mismo tiempo, sectores conservadores vinculados a la extrema derecha han dedicado años a atacar cualquier debate relacionado con la igualdad de género, el respeto y los derechos humanos. Las escuelas terminaron convertidas en escenarios de disputa ideológica. Docentes y educadores fueron señalados como sospechosos. Temas fundamentales para construir una cultura de respeto fueron reducidos a consignas de guerra cultural, mientras que las discusiones sobre violencia de género pasaron a ser presentadas como amenazas morales. En ese ambiente, la misoginia encontró espacio para expandirse en plataformas digitales, grupos extremistas y discursos que presentan la violencia como una demostración de poder. No por casualidad, la violencia siguió avanzando. Ninguna sociedad puede resolver un problema que se niega a discutir.
Detrás de las estadísticas existen vidas truncadas, familias devastadas y comunidades marcadas por el dolor. Iasmyn debería estar preparando la celebración de sus quince años. Agostina debería estar viviendo los descubrimientos, las dudas y los sueños propios de la adolescencia. En cambio, sus nombres pasan a integrar una lista que crece en toda América Latina y que expone la incapacidad de nuestros países para garantizar el derecho más básico de todos: el derecho a vivir.
El asesinato de estas adolescentes y las cifras de violencia sexual registradas en Foz do Iguaçu no representan únicamente fallas de la seguridad pública o del sistema judicial. Representan el fracaso de un modelo social que continúa produciendo violencia, relativizando sus causas y trasladando parte del peso de la tragedia hacia las víctimas. Mientras esa lógica permanezca intacta, nuevas familias seguirán enterrando a sus hijas, nuevas comunidades continuarán llorando sus pérdidas y nuevos discursos de indignación ocuparán temporalmente el espacio público sin modificar la realidad.
La prisión de los responsables es necesaria. El castigo es indispensable. La Justicia debe actuar con firmeza. Pero la respuesta no puede terminar en los tribunales. La violencia seguirá reproduciéndose mientras persistan las condiciones que la alimentan. Continuará existiendo mientras las niñas sean educadas para el miedo y los niños no sean educados para el respeto. Continuará existiendo mientras la sociedad vigile con más intensidad la libertad femenina que la violencia masculina.
Ningún país puede reivindicar desarrollo, modernidad o progreso mientras sus niñas sigan siendo enterradas antes de vivir plenamente sus vidas. Ninguna sociedad puede considerarse verdaderamente civilizada mientras conviva con niveles tan elevados de violencia contra niñas, adolescentes y mujeres. Cuando las niñas crecen aprendiendo el miedo antes que la libertad, cuando las mujeres convierten la autoprotección en una rutina y cuando la violencia sexual contra la infancia sigue siendo una realidad cotidiana, no estamos frente a hechos aislados.
Estamos frente a una sociedad que ha fallado en una de sus responsabilidades más elementales.
Una sociedad que abandona a sus niñas termina, inevitablemente, abandonándose a sí misma.
Este texto refleja la opinión institucional del portal Fronteira Livre sobre el tema abordado.

















