Santiago, Chile – Nadie le regaló nada a Salvador Allende. Durante veinte años fue el candidato perpetuo de la izquierda chilena, el hombre que siempre perdía pero seguía presentándose. Cuando finalmente ganó, en septiembre de 1970, tenía 62 años y una certeza: iba a gobernar para los de abajo, dentro de la ley y sin fusiles.
La historia de Allende empieza en Valparaíso, el puerto principal de Chile, donde nació el 26 de junio de 1908. Su familia era de clase media ilustrada: el abuelo, médico, había fundado el Partido Radical; el padre era notario. Pero la política no le entró por la sangre, sino por un inmigrante anarquista italiano que conoció en el colegio, Juan Demarchi, quien le prestó los primeros libros de teoría social.
Allende estudió Medicina en la Universidad de Chile. En 1927, cuando aún no cumplía veinte años, ya presidía el Centro de Alumnos. En los pasillos de la facultad y en las salas de hospital fue donde entendió que la pobreza no era un accidente individual, sino una condición estructural. Esa convicción lo acompañó toda la vida.
En 1933 participó en la fundación del Partido Socialista de Chile. Cuatro años después era diputado. En 1939, ministro de Salud, cargo desde el cual impulsó leyes de protección a los trabajadores. En 1945 llegó al Senado y allí se quedó durante un cuarto de siglo.
Allende compitió por la presidencia en 1952, 1958 y 1964. Perdió las tres veces. Podría haber desistido, haberse retirado a la vida privada. Pero la política era su oficio y su obsesión. En 1970, como candidato de la Unidad Popular, una coalición de socialistas, comunistas y progresistas, ganó con el 36,6% de los votos. El Congreso ratificó su triunfo después de que firmara un estatuto de garantías democráticas que prometía respetar la Constitución.
Tomó posesión el 3 de noviembre de 1970. Era la primera vez que un marxista llegaba al poder por la vía electoral en América Latina.
Su programa de gobierno fue ambicioso. Nacionalizó el cobre, la columna vertebral de la economía chilena, que hasta entonces estaba en manos de empresas estadounidenses. También estatizó el carbón, los servicios telefónicos y buena parte de la banca. Aceleró la reforma agraria, expropiando latifundios y entregando tierras a campesinos. Todo dentro del marco legal.
“Queremos construir el socialismo respetando la legalidad democrática, dentro de la Constitución y las leyes.”
Desde el primer día, Allende enfrentó una oposición implacable. La derecha chilena, los gremios patronales y el gobierno de Estados Unidos coincidieron en un objetivo: desestabilizar su gobierno. La CIA financió huelgas de transportistas, campañas de prensa en contra y organizaciones paramilitares. El bloqueo económico internacional asfixió al país.
En diciembre de 1972, Allende subió al podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas y denunció la conspiración en su contra. Fue aplaudido de pie.
“El pueblo de Chile está siendo castigado por recuperar sus recursos básicos.”
La economía se deterioró. La inflación se disparó. Los anaqueles de los supermercados se vaciaron. El país se partió en dos: los que apoyaban al gobierno y los que querían su caída.
Pero Allende no renunció. En las elecciones parlamentarias de marzo de 1973, la Unidad Popular obtuvo el 43% de los votos. Un triunfo político. Una prueba de que su base popular seguía intacta.
En junio hubo un intento de golpe que fracasó. En agosto, la Cámara de Diputados aprobó una resolución acusando al gobierno de quebrantar la Constitución. Era el preámbulo jurídico del golpe.
El 11 de septiembre de 1973, la Armada, el Ejército, la Fuerza Aérea y Carabineros se sublevaron al mismo tiempo. El presidente fue informado a las 6 de la mañana. Rechazó el salvo conducto que le ofrecían los militares. Tomó el fusil AK-47 que le había regalado Fidel Castro, se puso un casco y habló por radio por última vez.
“Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo.”
Horas después, los soldados entraron al palacio. Allende estaba muerto. La versión oficial dice que se suicidó. Los que lo conocían no dudaron: era una muerte coherente con su forma de entender la política.
La dictadura que empezó ese día duró 17 años. Más de tres mil personas fueron asesinadas o desaparecidas. Miles más se exiliaron.
Allende gobernó exactamente 1.043 días. No completó su mandato. No logró construir el socialismo democrático que imaginó. Pero su apuesta —que se podía transformar la sociedad sin romper las instituciones— sigue siendo, más de cinco décadas después, una de las ideas más discutidas y menos resueltas de la izquierda latinoamericana.














