China – Una crianza marcada por la violencia, el control excesivo y el autoritarismo puede aumentar el riesgo de síntomas depresivos y comportamientos agresivos en niños y adolescentes. Así lo señala un estudio reciente realizado en China, cuyos resultados coinciden con las observaciones de especialistas que estudian los efectos de la relación entre padres e hijos sobre la salud mental.
Perder la paciencia de vez en cuando no significa, por sí solo, que una familia tenga una crianza violenta. Es común que los niños se resistan a una indicación o finjan no haber entendido lo que sus padres les pidieron, generando momentos de tensión. El problema aparece cuando los gritos, las amenazas, los castigos y otras formas de control pasan a formar parte de la convivencia cotidiana.
Para el psiquiatra y psicólogo Stephan Bender, una crianza dura y autoritaria incluye diferentes formas de violencia, disciplina y control. Esto no se limita a las agresiones físicas, sino que también comprende críticas hirientes, lenguaje agresivo, manipulación y privación de afecto.
Los efectos pueden aparecer incluso cuando el niño comienza a obedecer. Según Bender, la obediencia obtenida mediante el miedo tiene un costo.
“Una crianza violenta fomenta situaciones de impotencia y estas son un importante factor de riesgo para la depresión”, afirmó. Para el especialista, una crianza excesivamente dura y mantenida durante largos períodos también puede convertirse en un trauma crónico.
Cuando los sentimientos de los niños son ignorados de manera repetida, pueden tener mayores dificultades para reconocer y regular sus propias emociones. La falta de libertad y el uso constante de la coerción también pueden perjudicar la llamada autoeficacia, es decir, la percepción de que una persona es capaz de enfrentar problemas, superar dificultades y alcanzar objetivos utilizando sus propias capacidades.
La violencia puede dejar huellas en el funcionamiento del organismo
La psiquiatra Evelien van Assche, médica jefe de la Clínica de Salud Mental del Hospital Universitario de Münster, en Alemania, encontró indicios de que las experiencias de una crianza autoritaria podrían estar relacionadas con cambios epigenéticos.
Durante su doctorado, Van Assche investigó si la forma en que los adolescentes describían la crianza recibida en sus hogares podía estar relacionada con cambios epigenéticos. La epigenética estudia cómo los factores ambientales pueden influir en la actividad de los genes, entre ellos mediante mecanismos como la metilación del ADN, un proceso que participa en la regulación de qué genes se activan o permanecen inactivos.
La investigación partió de estudios anteriores realizados con gemelos idénticos, en los que solo uno de los hermanos tenía depresión. Dos grupos independientes habían identificado una mayor variedad de patrones de metilación del ADN en el gemelo con depresión en comparación con su hermano sano.
“Repetimos este análisis con nuestra muestra”, explicó Van Assche.
El resultado fue similar: los adolescentes que describieron sus hogares como más violentos también presentaron una mayor variación en la metilación del ADN. La propia investigadora aclara que sus resultados son únicamente indicios y no permiten afirmar que la crianza autoritaria sea, por sí sola, responsable de cambios genéticos o del desarrollo de depresión. Sin embargo, los hallazgos coinciden con resultados obtenidos en otras investigaciones.
Afecto y límites también forman parte de la crianza
Para los especialistas, evitar la violencia no significa dejar de establecer reglas. Los niños necesitan límites y expectativas claras, pero la manera en que esas reglas se comunican y se aplican también es importante.
Van Assche considera fundamental que los padres estén emocionalmente disponibles, escuchen a sus hijos y tomen en serio sus preocupaciones y temores. Una relación basada en la cercanía y la confianza también modifica el peso de los momentos de enojo que inevitablemente pueden surgir en la convivencia familiar.
“Si, en principio, tengo una buena relación, entonces los episodios aislados de estar molesto naturalmente tienen otro peso”, afirmó.
Además de la validación emocional, las reglas y los límites siguen siendo necesarios. Las expectativas deben comunicarse de manera abierta y clara y, cuando se sobrepasa un límite, las consecuencias deben ser adecuadas a la situación.
Bender recuerda que, cuanto más pequeños son los niños, mayor es la influencia de los padres sobre su desarrollo y comportamiento. Por eso, su equipo desarrolló programas de formación destinados a ayudar a los responsables de la crianza a enfrentar distintas situaciones y encontrar maneras más adecuadas de apoyar a sus hijos.
Van Assche también señala que la mayoría de los padres hace muchas cosas bien. El punto central, según la especialista, es la calidad de la relación entre adultos y niños y la atención que se presta a la salud emocional de los hijos.
La crianza no tiene que ser perfecta para ser saludable. Sin embargo, la violencia, el miedo y el control permanente pueden tener consecuencias que van más allá del momento del castigo y afectar la manera en que niños y adolescentes se perciben a sí mismos, manejan sus emociones y enfrentan las dificultades de la vida.



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