Un rechazo a la política del espectáculo en Colombia

Un rechazo a la política del espectáculo en Colombia

Plaza de Bolivar, Tunja, Colombia. Foto: Steve Rodríguez.
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Por Steve Rodríguez – Opinión

Bogotá, COL – No es necesario ser un politólogo experto o un investigador periodístico para concluir que asistimos a una cultura política degradada, pues las actuales elecciones presidenciales en Colombia demuestran, una vez más, su potencial para dejar al descubierto lo más vil de la conducta social. Tal como sostuvo Mario Vargas Llosa, en una civilización del espectáculo, la influencia positiva que se supone debería ejercer la cultura sobre la política termina, por el contrario, degradándola moral y cívicamente hasta convertirla en una “mera mojiganga”.

La cultura transformada por la lógica del espectáculo ha ido sustituyendo los estándares éticos y cívicos de la política, dejando de lado el debate intelectual y las propuestas programáticas de gobierno. Consecuentemente, las características negativas de la vida política colombiana han sido exacerbadas por un periodismo sensacionalista y de pastiche, que ha persuadido a la opinión pública de que el ejercicio de la política es una labor propia de personas sin moral y proclives a la corrupción.

En tal suerte, cabe preguntarnos: ¿qué tipo de cultura se vive en Colombia? O, mejor aún, ¿cuál es la manifestación cultural predominante en el país? Hay una discusión necesaria del investigador en medios de comunicación Omar Rincón, sobre su ensayo Todos Llevamos un Narco Dentro (2013). Esta afirmación puede resultar polémica, no porque se considere que todos seamos realmente narcotraficantes, sino porque la apuesta de Rincón consiste en mostrar cómo los valores y las formas de pensar asociados a la narcocultura terminaron penetrando en la vida cotidiana de los colombianos.

Tal fenómeno, explica Rincón, nos ha conducido a habitar distintas formas culturales en las que las maneras de pensar, soñar, actuar, significar y comunicar adoptan una lógica narco. En consecuencia, ni siquiera requiere mayores explicaciones cómo se manifiesta esto en las actuales campañas presidenciales, pues salta a la vista que el lenguaje político de algunos candidatos ha sobrepasado incluso la gritería y los insultos. De ahí que las propuestas de gobierno y los discursos de candidatos como Abelardo de la Espriella respondan a un lenguaje de violencia y promoción del odio, a través de una política del espectáculo que estigmatiza a quienes ven en la construcción de paz una alternativa para el país.

De allí proviene también un lenguaje político construido sobre la espectacularización de las realidades sociales en Colombia. Esto explica, quizá, por qué los discursos performáticos de Abelardo en las plazas públicas están más cerca del reality show, donde convierte temas tan frágiles y complejos como la desigualdad, el racismo, la violencia de género y la corrupción en instrumentos de entretenimiento. Por eso, sus adeptos ven en la caricatura del tigre a un patriota dispuesto a destripar la ética y la conciencia de quienes colocan por encima de la guerra los principios de la justicia social y los derechos humanos.

En su campaña política existe una insistencia permanente en saciar ese hambre voraz de entretenimiento que parece expresar una determinada manera de sentirse colombiano. Porque no existe tal vez una fórmula más eficaz de divertir que saciando los bajos instintos del común de los sujetos. En este caso, es la estética de la cultura traqueta colombiana la que manifiesta cómo determinadas ideas asociadas al consumo, al poder y al éxito fácil son consideradas dignas de alabanza e incluso necesarias para defender los principios de la patria.

Ahora bien, no se trata de culpar a la cultura en sí misma de la decadencia social en Colombia. Por el contrario, también es indispensable resaltar que existen colombianas y colombianos cansados de quienes se han mostrado deshumanizados en la corrida política. En el presente, por primera vez se han debilitado las luces del nacionalismo ciego y autoritario. Si de algún logro puede enorgullecerse el actual gobierno del presidente Gustavo Petro, es de haber impulsado una transformación cultural y ética que propone una comprensión más amplia de la equidad social, una mayor conciencia ecológica y una visión de justicia social que avanza junto al incentivo de la educación y el desarrollo económico.

Por ende, es precisamente la cultura y la ética uno de los principales discursos del filósofo y candidato presidencial del Pacto Histórico, Iván Cepeda. La conversación política en manos de Cepeda se traduce en un diálogo de saberes, donde las dimensiones de la seguridad, la reforma agraria, la economía y lo comunitario se abordan desde la reconstrucción de la memoria histórica, la valoración de los saberes populares y el respeto por la dignidad humana. Cepeda y sus seguidores saben bien que recomponer los diálogos fracturados, en lo que él mismo ha denominado un Acuerdo Nacional, requiere una gigantesca labor de reparación territorial y construcción de paz con todos los sectores de la sociedade colombiana.

Es un momento neurálgico para la sociedad. El fascismo avanza en el mundo amenazando las reformas contra la exclusión, la pobreza y los derechos humano, las calles son tomadas por el menosprecio a la diversidad, el racismo, la xenofobia, la homofobia y el clasismo. Por eso, hoy, a la luz de la polarización y de la violencia convertida en espectáculo cotidiano, el rechazo a una política del espectáculo en favor del bienestar colectivo consiste en salir a votar no desde la rabia o el odio, sino desde la convicción profunda en la bondad humana.

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Las opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de sus autores y no reflejan necesariamente la línea editorial de Frontera Livre Latinoamericana. El medio se rige por los principios del pluralismo, la independencia periodística, el pensamiento crítico y el respeto a los derechos humanos.

 


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