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El uso de pantallas en bebés altera la maduración del cerebro

Investigadores advierten que la exposición digital precoz provoca trastornos del sueño, problemas motores y dificultades emocionales.

São Paulo, Brasil – El acceso diario y temprano a pantallas durante los primeros dos años de vida genera retrasos en el habla, deficiencias motoras, alteración del sueño, obesidad e incapacidad para autorregular las emociones. Así lo advierte una revisión médica sistemática desarrollada en Inglaterra y publicada en junio, la cual analizó los patrones de consumo digital en la etapa conocida como los primeros mil días de vida.

El riesgo principal del uso de celulares, tabletas y televisores en esta fase no se limita al tiempo frente a la pantalla. La amenaza central radica en la pérdida de experiencias directas: la tecnología desplaza la interacción humana, el juego físico y la exploración del entorno, tres pilares indispensables para la maduración del cerebro.

Las cifras compiladas reflejan un hábito instalado en la vida cotidiana de los hogares. Más de la mitad de los bebés interactúa con dispositivos alrededor del primer año de vida, mientras que un tercio comienza la exposición a los seis meses. Al cumplir dos años, el contacto con medios digitales es casi universal, superando por completo los límites fijados por las autoridades de salud. En ese grupo de edad, un 9,5 % pasa hasta cuatro horas diarias ante una pantalla y un 20 % utiliza los aparatos sin supervisión de los adultos.

En el ámbito regional, la Sociedad Brasileña de Pediatría (SBP) insta a eliminar de forma absoluta cualquier tipo de exposición —activa o pasiva— antes de los dos años. Los especialistas recuerdan que el desarrollo neurológico en la primera infancia ocurre a una velocidad que jamás se repite en la vida adulta.

“Se trata de una etapa crítica y acelerada: el bebé pasa de no hablar ni caminar a convertirse, en solo dos años, en un niño que se desplaza y se comunica”, explica el psiquiatra Thiago Pedrosa, especialista del Espacio Einstein de Bienestar y Salud Mental del Hospital Israelita Albert Einstein. “Es el momento en que se forman los vínculos afectivos, los patrones de apego, la autorregulación emocional y el control motor”.

Desplazamiento del contacto humano y secuelas en la conducta

Además de sobrecargar a los lactantes con estímulos auditivos y visuales continuos, la presencia constante de pantallas reduce de forma drástica el contacto cara a cara. Esto impide que el menor observe los gestos, la entonación y las expresiones de sus cuidadores, elementos clave para procesar el entorno.

“Los niños aprenden mediante la repetición y la imitación del rostro de sus padres”, señala Pedrosa. De acuerdo con el especialista, para dominar la regulación emocional se requiere el desarrollo previo de la atención y el lenguaje, dos capacidades que una pantalla no otorga. “El exceso digital priva al niño de experiencias fundacionales y altera la trayectoria de su desarrollo”.

El estudio identificó además secuelas en el neurodesarrollo que simulan rasgos del trastorno del espectro autista (TEA). Esta manifestación responde a la falta de intercambio social recíproco con adultos y otros niños. La investigación documenta también un incremento en problemas de visión e inconvenientes futuros en la etapa escolar.

Para el especialista del Hospital Einstein, el aporte central de la revisión británica es el cambio de enfoque: “El debate ya no pasa únicamente por medir cuántas horas pasa un niño frente al televisor o la tableta. La pregunta de fondo es qué está dejando de hacer por estar allí. No es una conducta aislada, es un fenómeno cultural”.

El estrés adulto y la búsqueda de límites

El consumo tecnológico en la primera infancia suele estar condicionado por la dinámica de los adultos. Agobiados por las exigencias cotidianas, muchos padres recurren a los dispositivos como un sustituto de la supervisión o como un recurso rápido para calmar el llanto.

Pese a la contundencia de las evidencias, la comunidad científica aún investiga si las secuelas cognitivas acumuladas en esta etapa resultan reversibles con el tiempo. “Los datos indican que la exposición temprana genera problemas a futuro, pero aún resta confirmar si esos daños se pueden corregir por completo”, aclara el psiquiatra.

La investigación tampoco fijó una cuota de tiempo que pueda catalogarse como segura. “El impacto varía según el contexto. El estudio evaluó un uso frecuente, prolongado y sistemático, no un contacto esporádico”, enfatiza Pedrosa. “No es lo mismo un niño que juega en el centro de la sala con el televisor encendido de fondo que un bebé a quien se le entrega un teléfono cada vez que llora o sube al automóvil”.

Estrategias para reestructurar la dinámica familiar

Los profesionales insisten en que, aun en una sociedad profundamente digitalizada, es prioritario resguardar a los lactantes de la exposición directa y rutinaria. “La pantalla no puede convertirse en la herramienta para entretener, alimentar o calmar a un niño”, remarca Pedrosa.

El especialista advierte que imponer prohibiciones estrictas sin entender la realidad de cada hogar suele ser ineficaz: “No sirve únicamente decir ‘no usen pantallas’. Hay que indagar qué función cumple el aparato en la rutina familiar y qué vacío está cubriendo”.

Para reemplazar la tecnología no se requieren actividades complejas. Basta con integrar al bebé en la vida doméstica y permitir la exploración libre del espacio. Sin embargo, este cambio exige que los adultos evalúen su propio consumo digital. “Los padres deben revisar si logran comer sin revisar el teléfono, si dedican tiempo exclusivo al juego o si interrumpen la conversación con sus hijos para responder un mensaje”, concluye Pedrosa, al recordar que experimentar momentos de aburrimiento es vital para que el niño estimule su creatividad, soporte la frustración y aprenda a autorregularse.

Amilton Farias

Amilton Farias es periodista, fundador y editor de Fronteira Livre. Con experiencia en distintos países de América Latina y una trayectoria vinculada al periodismo territorial, escribe sobre las fronteras, los territorios y los procesos políticos, sociales y culturales que moldean la realidad de los pueblos latinoamericanos.

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