Lisboa, Portugal – Los choques reiterados de orcas contra embarcaciones en las costas de Portugal y España no responden a actos de furia ni a una revancha contra los seres humanos, sino a un juego peligroso transmitido entre generaciones que hoy pone en riesgo crítico la supervivencia de su propia especie. Así lo determinó una investigación publicada en la revista científica Marine Mammal Science, elaborada por biólogos que documentaron el comportamiento de estos cetáceos durante ocho años.
El trabajo, liderado por la bióloga Joana Castro junto a especialistas de la Asociación para la Investigación del Medio Marino de Portugal (AIMM) y de la Universidad de Lisboa, empleó observación directa y grabaciones submarinas. Los investigadores concluyeron que los animales no buscan herir a los tripulantes ni hundir naves con dolo, aunque la fuerza de las embestidas y los destrozos causaron situaciones graves en altamar.
Desde 2020, las orcas embistieron cientos de naves en la Península Ibérica, en su gran mayoría veleros. En nueve oportunidades, los barcos terminaron en el fondo del mar tras sufrir roturas severas, marcas de mordeduras y el desprendimiento total de sus timones. Durante varios de estos episodios, los cetáceos llegaron a exhibir trozos de timón a la vista de los navegantes, un gesto que desató el pánico y alimentó teorías populares sobre una supuesta rebelión animal.
La comunidad científica descarta de plano la idea de un desquite. Jared Towers, experto en cetáceos de la organización Bay Cetology, explicó a la revista Science que la teoría de la represalia carece de sustento biológico, pues los animales lastimados por la actividad humana tienden a escapar y alejarse, no a acercarse deliberadamente. Del mismo modo, los investigadores descartaron que estos episodios funcionen como escuelas de caza para las crías: el método empleado contra los cascos náuticos no guarda ninguna semejanza con las maniobras que el grupo utiliza para perseguir y capturar atunes o leones marinos.
Para los biólogos, el choque contra los barcos creció como una conducta lúdica compartida. Esta especie, emparentada con la familia de los delfines y catalogada entre las más inteligentes de la fauna marina, acostumbra adoptar modas o juegos espontáneos, como cargar salmones sobre la cabeza o lanzar leones marinos al aire. Empujar y sacudir los cascos se transformó en una versión extrema de esos hábitos.
El equipo de la AIMM experimentó el impacto directo durante sus labores en el agua. A bordo de un bote inflable de 6,5 metros con motor fuera de borda, los científicos recibieron toques suaves y embestidas a velocidades que llegaron a los 55 kilómetros por hora. Guilherme Estrela, coautor del estudio, relató a Science que varios estudiantes a bordo cayeron sobre la cubierta por los golpes antes de poder lanzarse al mar con las cámaras de registro.
Bajo el agua, las imágenes revelaron que prácticamente todas las aproximaciones fueron protagonizadas por ejemplares jóvenes y adolescentes. Los machos adultos, habituales líderes de las cacerías reales de alimento, no tomaron parte activa en los contactos. Tampoco se observaron signos de confrontación o agresividad habituales en la especie, como abrir la mandíbula en desafío o expulsar cortinas de burbujas; por el contrario, los animales solían nadar panza arriba, en una postura asociada a la calma y a la curiosidad social.
En distintos momentos, las orcas llegaron a ofrecer trozos de atún fresco a los tripulantes de las embarcaciones. Joana Castro detalló que esta conducta busca crear lazos y comunicación, dado que estos depredadores no alimentan a sus enemigos. En 2021, un ejemplar joven bautizado Eli, de apenas 3 años, se arrimó al barco de los biólogos transportando pescado en la boca. En situaciones similares, la matriarca Gladis Blanca y su cría Atlas, de 5 años —ambas con marcas visibles de hélices por accidentes previos—, también entregaron alimento a los científicos sin mostrar rencor.
El registro más antiguo de este juego data de 2018. En aquel momento, una hembra joven llamada Lua, de 6 años, comenzó a empujar con suavidad el bote del equipo de investigación en compañía de Sintra, su hermana menor. Con el paso del tiempo, ambas se volvieron presencias habituales en los incidentes registrados a lo largo de toda la costa ibérica.
Detrás de la dinámica de juego existe una amenaza real para la conservación marina. El grupo involucrado forma parte de la orca ibérica, una población con características genéticas únicas que se encuentra en peligro crítico de extinción, con apenas unos 40 individuos con vida en aguas del Atlántico. A raíz del miedo generado por los daños a los barcos, varios navegantes reaccionaron con violencia: se registraron episodios donde tripulantes dispararon armas de fuego y lanzaron explosivos caseros al agua para ahuyentar a los animales.
Los especialistas recuerdan que jamás se ha registrado un ataque mortal de orcas hacia personas en estado silvestre, y que las muertes humanas documentadas a nivel global involucran exclusivamente a ejemplares en cautiverio. Con el objetivo de proteger la seguridad de los tripulantes y evitar la muerte de animales en grave peligro de desaparecer, los científicos recomiendan a los navegantes apartarse sin demora si divisan al grupo, evitando maniobras bruscas que llamen la atención de los cetáceos.



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