Nueva York, EE. UU. – La apertura del 81.º periodo de sesiones de la Asamblea General de la ONU, celebrada este martes 22, convirtió la tribuna internacional en un choque directo entre dos modelos opuestos de poder global. Al hablar de forma consecutiva ante delegados de 193 países, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y Donald Trump protagonizaron un duelo discursivo que expuso la profunda distancia entre Brasilia y Washington respecto a las guerras, el comercio de energía, las invasiones militares y el control corporativo multinacional.
Sin nombrarse directamente, ambos mandatarios enviaron mensajes claros. Lula abrió la jornada y advirtió de entrada que “Brasil no cabe en el patio trasero de nadie”, en rechazo a las amenazas arancelarias y a la tutela de Washington en la región. Minutos después, Trump subió al estrado, ignoró a Brasil y exhibió el poder bélico estadounidense junto con el despliegue de sus tropas en zonas estratégicas. Ambos líderes intervinieron también con la mirada puesta en sus frentes domésticos: el mandatario brasileño busca abrir camino hacia la reelección, mientras el republicano disputa votos para las elecciones legislativas intermedias.
El choque más directo se concentró en el armamento y las instituciones internacionales. Lula arremetió contra el Consejo de Seguridad de la ONU al sostener que la entidad fracasa en su tarea básica de impedir masacres. Recordó la postura histórica asumida por Brasil en 1946 contra el poder de veto que ostentan los cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido), facultad a la que llamó un “vicio de origen” que otorgó a las potencias “el privilegio de la insensatez”. Frente a la vía militar, fue categórico: “La guerra no es la continuación de la política por otros medios. Es la quiebra total de la política”.
Trump replicó con un discurso de fuerza. Festejó una resolución reciente del mismo Consejo ante supuestos ataques iraníes en rutas marítimas y definió su línea de mando: “Mientras unos hablan, yo actúo. Ellos hablaron de paz, yo hice la paz”. Anunció que su gobierno levanta 18 nuevas fábricas de municiones para surtir de misiles y bombas a sus aliados, y celebró la extracción por la fuerza de más de mil millones de barriles de petróleo del estrecho de Ormuz mediante buques militares estadounidenses. El uso de ese paso marítimo fue denunciado por Lula desde la realidad de la clase trabajadora: afirmó que Ormuz se volvió trinchera armada a costa de la población civil del planeta, golpeada por la inflación en combustibles, fertilizantes y alimentos.
En Medio Oriente, las posturas de ambos jefes de Estado marcaron un quiebre moral total. Mientras Trump aseguró que el conflicto en Gaza ya se resolvió con el rescate de rehenes israelíes en los túneles de Hamás y con la protección de “miles de vidas desconocidas”, Lula denunció las acciones de las tropas de Israel: afirmó que generaciones enteras de palestinos cargarán con el trauma del “genocidio practicado por el gobierno de Netanyahu contra mujeres y niños en Gaza”, sin dejar de condenar los actos terroristas de Hamás contra civiles israelíes.
Esta denuncia llevó al líder brasileño a respaldar al Tribunal Penal Internacional (TPI), argumentando que la ocupación territorial y los asentamientos ilegales en Cisjordania no pueden quedar en la impunidad mediante persecuciones contra jueces de la corte. Trump, en cambio, atacó frontalmente al organismo: lo calificó de antiamericano y en quiebra, prohibió que se investigue a soldados estadounidenses e intimó a todos los países del mundo a abandonar el tribunal de inmediato.
La soberanía de América Latina también confrontó a la asamblea. Trump festejó como un triunfo la captura del mandatario venezolano Nicolás Maduro, la liberación de opositores en ese país y la firma de un acuerdo petrolero que, según sus estimaciones, concentrará en manos de Estados Unidos el 60% de toda la producción mundial de crudo. Reveló además que su secretario de Estado, Marco Rubio, encabeza gestiones para derrocar al gobierno de Cuba, al que acusó de tejer redes comunistas dentro de territorio estadounidense. Asimismo, informó sobre un pacto militar cerrado con la primera ministra de Dinamarca, Mette Frederiksen, para levantar dos bases militares y asumir la seguridad en Groenlandia.
Lula contestó a estas maniobras de expansión rechazando el regreso de la injerencia extranjera en procesos electorales y el reparto del mundo en zonas de dominio neocolonial. “El pueblo venezolano merece definir su propio destino”, afirmó, y condenó tanto el cerco energético como el bloqueo económico contra Cuba, al que definió como una agresión ilegal y un “castigo colectivo impuesto a 10 millones de personas”.
El control del sector tecnológico también dividió el recinto. Lula exigió fijar reglas estrictas a la inteligencia artificial y a las grandes corporaciones informáticas, acusando a “tecno-oligarcas” de querer imponer un modelo sin normas sociales. Con una cita a León XIV, sostuvo que los saltos técnicos requieren conciencia ética. Además, atacó el negocio de las apuestas digitales (Bets), asegurando que Brasil combatirá estas plataformas por lucrar con la ruina económica y el endeudamiento de las familias. Trump desestimó estas advertencias, prometió fomentar la “superinteligencia” sin trabas del Estado y apeló al negacionismo climático para minimizar el debate, asegurando que las alertas sobre desastres ecológicos y riesgos de los algoritmos son puro alarmismo infundado.
En el cierre, Lula defendió su programa interno y envió advertencias directas a los mercados: aseguró que el sistema oficial de pagos Pix no cederá al lobby corporativo extranjero y desestimó las trabas arancelarias que frenan exportaciones brasileñas bajo pretextos ecológicos, destacando que la deforestación en la Amazonía se redujo a la mitad y marcó la cifra más baja de los últimos 11 años. Ante la plenaria, el mandatario repudió la supremacía racial, la explotación del Sur Global y exigió un frente común internacional para erradicar la violencia intrafamiliar y el feminicidio.



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